El primer paso del cristianismo en Europa

entrada En esta entrada me gustaría realizar un breve comentario de la cita que he puesto ahora en la portada del blog. 

En las dos décadas que siguieron a la muerte de Jesús de Nazaret sus seguidores comenzaron a enseñar su mensaje de salvación en primer lugar por las ciudades de Judea, de Siria y después por las de Asia Menor. Lo hacían en un contexto geo-religioso complejo en el que, en principio, no eran entendidos sino como una más de las sectas judías que predominaban por la región. La ciudad que se convirtió en adalid de la expansión de esta nueva religión fue Antioquía, allí “instruyeron a una muchedumbre numerosa, tanto que en Antioquía comenzaron los discípulos a ser llamados cristianos” (Hechos 11.26)[1], quizás de manera despectiva por algunos.

Pero a finales de la década de los cuarenta, Pablo de Tarso y otros seguidores ponen el primer pie cristiano en el Viejo Continente. Por primera vez se enfrentan como predicadores a gentes occidentales, de cultura latina. Zarpan desde la Tróade, hacen noche en la isla de Samotracia —a medio camino de su destino— y alcanzan el estratégico puerto de Neápolis —actual Kavala. Desde allí se dirigen a la colindante colonia romana de Filipos —Colonia Augusta Iulia Philippensis (desde 30-27 a.C.)—, importante centro comercial urbano de la Via Egnatia, la cual que unía Dyrrachium —principal punto de llegada desde Brindisi, la salida por mar hacia Oriente de la Península Itálica— y Bizancio. Y es que fue en la población de clase media comerciante —entre los que destacaban los propios judíos— donde caló la nueva doctrina mistérica. Este motivo hizo incrementar su primitiva expansión a través de las rutas mercantiles de un recién instaurando régimen imperial que cada vez se acercaba más a una “economía de mercado”[2] —con lo que ello encierra sobre el grado de comunicación global entre sus habitantes.

El libro del Nuevo Testamento de los Hecho de los Apóstoles convierte en un hecho solemne este nuevo hito en el recién iniciado camino proselitista. Tanto el grupo cristiano de la ciudad como el propio Pablo lo tuvieron siempre presente, hasta el punto de que, hallándose preso el de Tarso en Roma, les escribiría su famosa Carta a los Filipenses agradeciéndoles su apoyo. Sin embargo, a su llegada no tardaron en ser prendidos y llevados ante las autoridades con las palabras que he expuesto al comienzo: a ojos de los contemporáneos no dejaban de ser otros judíos alborotadores por sus extraños asuntos doctrinales. Con una muchedumbre en su contra fueron azotados y encerrados; poco después serían expulsados de la colonia [3].

Me llamó la atención esta primera reacción ante lo que iba a convertirse en las tres siguientes centurias en la religión dominante del Imperio. Un Imperio Romano al cual sobrevivió y se apropió de los espíritus de las gentes desde sus posiciones de poder ya por la violencia, ya por el miedo y siempre de la mano de la ausencia de alternativas y, un elemento decisivo, de instrumentos para generarlas, pues la Iglesia se adueñó de los mismos —i.e. la educación.

BIBLIOGRAFÍA:

CLARK, G. W.: «The origins and spread of Christianity». En BOWMAN, A. K., CHAMPLIN, E. and LINTOTT, A. (eds.) (1996), The Cambridge Ancient History, Vol. 10, The Augustan Empire, 43 B.C–A.D. 69: 848-872.

NOTAS:

[1] Hechos 11.26 (Vulgata de San Jerónimo): docuerunt turbam multam ita ut cognominarentur primum Antioquiae discipuli Christiani. 

Hechos 11.26 (original en griego): διδάξαι ὄχλον ἱκανόν, χρηματίσαὶ τε πρώτως ἐν Ἀντιοχείᾳ τοὺς μαθητὰς Χριστιανούς.

[2] Se trata de una de las últimas tesis del economista Peter Temin y que ha penetrado en la comunidad científica no sin cierta polémica. Vd. TEMIN, P.: The Roman Market Economy. Princeton, Princeton University Press. 2013.

[3] Resulta curioso cómo después continuaron pro la Vía Egnatia pasando por Anfípolis hasta Tesalónica, donde también debieron enfrentarse esta vez a los judíos de las sinagogas donde predicaban que pretendían acusarles ante las autoridades de actuar contra los decretos del César. Tuvieron que huir y, por barco, desde allí Pablo alcanzó la ciudad de Atenas, donde su fragancia pagana le desagradó sobremanera y mantuvo debates con sus filósofos y, en general, con sus habitantes, de los que convenció a algunos e hizo reir a otros sobre todo con la idea de la resurrección de los muertos, la mayor novedad de la nueva creencia de difícil aprehensión para el pueblo heleno.

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