La cuestión de las fuentes historiográficas y su crítica para el estudio de la Historia Antigua de la Península Ibérica

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En esta entrada realizamos un pequeño ensayo sobre la crítica de fuentes y su importancia para el estudio de la Historia Antigua de la Península Ibérica. Y es que ante todo, como parte fundamental de las las Ciencias de la Antigüedad —más todavía para el caso grecolatino—, hay que leer a los clásicos; si bien es preciso detenerse a preguntarnos el porqué y cómo lo llevaron a cabo. Nunca ha de bastar con la mera exposición de datos o desarrollos históricos bajo la pretensión de ser objetivos por el hecho de haberlo recogido de una autoridad clásica, sino que se ha de hablar con prudencia y teniendo muy en consideración al autor a quien nos referimos.

Las fuentes historiográficas que nos ofrecen testimonios entendidos como «directos» —también «primarios»— para el conocimiento de la Historia Antigua de la Península Ibérica se definen por la paradójica particularidad de ser en su mayoría «indirectos», id est, fueron escritas un tiempo después —a veces hasta dos centurias— de haber tenido lugar el acontecimiento que describen. Así, dada la citada característica y la compleja problemática que ello suscita al historiador de la Antigüedad vamos a valorar su crítica y utilización para la elaboración del discurso histórico de los principales hitos históricos de la Hispania romana.

En lo concerniente a la metodología, a los textos que nos ha legado el Mundo Antiguo hemos de acceder en lo posible en su lenguaje original —para el caso de la Península Ibérica encontramos ambas lenguas clásicas, tanto latina como griega. Así, la labor del comentario de texto histórico-filológico se convierte en un ejercicio de hermenéutica que forma parte del método histórico-crítico de todo investigador de la Antigüedad o, en su voz germana —amanecer de las Ciencias de la Antigüedad—, científico de la Antigüedad —Altertumswissenschaftler. Para llevar a cabo una exposición histórica coherente utilizando una fuente primaria clásica determinada, debemos necesariamente conocer lo más profundamente posible la forma en que el autor escribió su obra, i.e. la denominada crítica textual, así como el contexto histórico que le rodeaba y la manera en que éste pudo influirle a la hora de definir su parcialidad en el desarrollo histórico que nos narra. No se trata este de un asunto para nada baladí, pues en no pocas ocasiones son ellos mismos los que, pretenciosamente, nos advierten de que no tomarán partido alguno —e.g. el celebérrimo sine ira et studio de Tácito (Ann. 1.1). El objetivo final no es sino ratificar la validez de la pieza historiográfica, relacionar y comparar sus acontecimientos con los que en otras encontramos —si existen— y, finalmente, tratar de construir una línea de continuidad en el discurso histórico que expongamos en nuestro trabajo.

El primer acontecimiento que jalona de manera especial el camino de la historia antigua peninsular y que conocemos bien a través de las fuentes historiográficas clásicas es la Segunda Guerra Púnica (218-202 a.C., 206 en territorio hispano). Y es que tras más de setecientos años de presencia púnico-griega en sus costas mediterráneas, de lo que no contamos más que con referencias más bien de carácter legendario objetivamente difíciles de atestiguar, es ahora, en el momento en el que la presencia romana se hace notar en la Península, cuando aumenta la información certera que disponemos sobre la misma. Se habla del comienzo de una romanización de la Península Ibérica que mantendrá ocupada primero al senado y después al primer emperador de Roma durante las siguientes dos centurias.

Los historiadores por los que conocemos mejor estos acontecimientos son el griego Polibio, más equilibrado que la fuente latina para el periodo, Tito Livio —si bien su fuente principal sería aquél—, más tendencioso en la línea de la propaganda política en favor del nuevo régimen augústeo. No obstante, lo que caracteriza el tratamiento que realizan del conflicto es la polarización en los protagonistas del mismo: romanos y púnicos. Dejan, pues, las otras muchas fuerzas implicadas en todo el Mediterráneo Occidental prácticamente marginadas salvo cuando mantienen estrecha relación con uno de los dos bandos —en cualquier caso, es un hecho que se repite en la historiografía antigua. Entre los debates generados por la historiografía moderna destaca el del casus belli de la contienda para el cual se añade la versión del historiador Apiano. Contradicciones e incoherencias surgen de la triple comparación en torno al famoso tratado del Ebro y la intervención en la ciudad de Saguntum; el equilibrio polibiano decanta a la crítica actual que le considera la fuente principal, a lo que acompaña la perspectiva histórica que nos permite encadenar varios argumentos en pro de la veracidad de su versión. Y esta es la línea que se sigue en el restante discurso del conflicto bélico, aplicando el escepticismo necesario de todo investigador, la literatura comparada y apoyándose cuando es posible en la ciencia arqueológica. Con todo, a pesar de las limitaciones que supone la falta de recursos, los estudios continúan apareciendo bien en sus aspectos generales bien en sus particulares además de los adelantos de las excavaciones arqueológicas en yacimientos como los de Sagunto y Cartagena.

Para terminar con Polibio, es preciso mencionar un episodio que, según parece, vivió en persona el de Megara y no es otro sino el asalto a Numancia de Escipión en 133 a.C. —y es que el noble aqueo fue trasladado como rehén a Roma, donde su valía cultural le condujo a convertirse en cliente de la familia de los Escipiones. Ahora sí podríamos intitularle como fuente verdaderamente primaria, no obstante, tan solo nos ha llegado lo que de él se sirvió Apiano. Si bien, por suerte, contamos también con el relato de Plutarco así como variadas citas del episodio de distintos autores, pues el asunto se convirtió en paradigma de la defensa a ultranza de una posición y de victoria romana sobre el enemigo bárbaro —en la actualidad ya forma parte del imaginario colectivo cultural hispano. La cuestión es que dicho detalle de su biografía —el hecho de que visitara en persona la Península— es otro merced al cual se reafirma la certidumbre que se otorga a su obra.

El periodo sertoriano lleva al historiador de la Antigüedad peninsular nuevamente a enfrentarse, además de la parquedad informativa, con composiciones enfrentadas: elogio en Plutarco, infamia en Apiano. La vía que se toma en esta ocasión no arriesga en absoluto y toma con eclecticismo ciceroniano el camino de en medio a la hora de razonar los objetivos del firme anti-silano en Hispania Citerior (83-73 a.C.). Y es que no son pocos los investigadores que, tomando como base la ausencia de datos y una interpretación personalista de la disyuntiva, elaboran hipótesis alejadas del contexto político e ideológico de la época. Se trata de bibliografía ya anticuada, lo que demuestra los avances que en el campo de la Historia Antigua se ha venido haciendo desde su nacimiento como ciencia entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Como antesala al periodo imperial, hemos considerado de trascendencia a la hora de analizar el trato otorgado a las fuentes historiográficas en el manual propuesto la presencia de Julio César en Hispania. Dos son las campañas que conocemos de esta celebrada figura romana en territorio peninsular —además de su estancia como propraetor de la provincia Hispania Ulterior (61 a.C.)—, él mismo nos narra en sus De Bello Civile Comentarii la de Ilerda (49 a.C.) —en lo que se ha convertido en un ejemplo más de su  pericia como estratega, espejo a través del cual pretendieron mirarse distinguidos generales a lo largo de la historia como Napoleón—, con sus series de movimientos de tropas y apoyo en la diplomacia. La otra es la que condujo a la batalla de Munda (45 a.C.) —a cuya localización se van acercando los insistentes trabajos arqueológicos—, si bien ha llegado a nosotros gracias a uno de sus oficiales, que ofrece un valioso testimonio de primera mano de lo que, atendiendo a su descripción, pudo ser una cruel y violenta pugna.

Como consecuencia de esa historiografía clásica preocupada casi exclusivamente por acontecimientos bélicos, la Pax Romana instaurada por Augusto convirtió Hispania en una zona de escaso interés para los autores romanos, a quienes les atrajo más la zona del limes así como la persona del princeps —y las intrigas palaciegas que le rodeaban. Así, a diferencia de la consolidada posición cronológica de los tres siglos anteriores a nuestra era, la época imperial —que paradójicamente cuenta con mayores apoyos auxiliares desde la arqueología, numismática y epigrafía— cuenta con mayor dificultad a la hora de situar sus acontecimientos en un discurso histórico congruente. Por añadidura, se podría decir que el interés de la Urbs por la región creció de forma inversamente proporcional a la cantidad de fuentes historiográficas que nos informan de ello. El camino que siguió la Península podría resumirse de manera que pasó del botín a la explotación sistemática, y de ahí a la prosperidad general. La cual tan solo puede leerse entre líneas destacando el senador de origen minorasiático Dion Casio, quien cerrará las grandes historias universales de Roma en griego. Su interés por la institución imperial y la perspectiva histórica que le proporcionaba el balcón de las dos centurias transcurridas desde la instauración del Principado, le hizo centrarse más pormenorizadamente en Augusto y su cambio constitucional. De ahí que de su mano contemos con el único testimonio de las Guerras Cántabras, las cuales culminaron la ardua conquista del territorio peninsular. La escasez informativa no ha sido óbice para la aparición de múltiples publicaciones sobre un tema que avanza más bien en relación a los descubrimientos arqueológicos y epigráficos.

No cabría cerrar el paso por el Alto Imperio sin mencionar la carrera de los honores de la estirpe hispana de los Ulpios-Aelios, con los que resulta communis opinio que el poder del Estado romano alcanzó su apogeo —paradójicamente, se trata de un periodo para el que las fuentes destacan por su escasez o falta de rigor, como la Historia Augusta. Merced a ello su ciudad natal de Itálica, el más antiguo asentamiento romano en la Península, se ha dado a conocer ampliamente a través de numerosos trabajos ora arqueológicos ora historiográficos. El hecho de que una gens de origen provincial, y en concreto hispano, llegara a la cúspide imperial no ha de resultar extraño si observamos la evolución que a través de las fuentes van teniendo los distintos personajes de dicha procedencia desde la presencia romana en tierras ibéricas a finales del siglo III a.C. hasta el año 98 d.C., cuando Trajano alcanza la púrpura. En la investigación de su figura resulta esencial la reciente efeméride del decimonoveno centenario de su ascensión imperial con múltiples jornadas y congresos que dieron lugar a publicaciones de interés para establecer un reciente status questionis sobre el tema.

Del tratamiento crítico del texto aprendemos, en definitiva, que la puesta al día de la investigación es connatural al estatus científico de la disciplina y que como tales, los historiadores no pueden abstraerse de los movimientos de la comunidad científica y sus celebraciones académicas. El Bajo Imperio y, en general, la Tardoantigüedad hispana son asuntos que se están poniendo especialmente en boga en los últimos años. Tradicionalmente se trata de un periodo en ocasiones desdeñado en pro de una Antigüedad clásica cuyo recuerdo indeleble no deja de demandarse por parte de la sociedad actual, no en vano heredera de un Renacimiento que todavía inspira desde la distancia y a través de su evocador legado artístico dicha reacción. Así, de la mano de fuentes menos conocidas y mediante el estudio de sus conclusiones muchas veces divergentes y contradictorias han salido a la luz numerosas monografías que tocan distintos aspectos de un periodo turbulento repleto de circunstancias que transformaron la sociedad conduciéndola hacia la oscuridad —en términos de fuentes— altomedieval.

Y es que la Antigüedad Tardía cuenta con hitos fundamentales en la historia de Occidente como son la caída del Imperio Romano en su pars occidentalis así como la consolidación del cristianismo como única religión oficial a nivel estatal y su expansión por el continente europeo —en lo que contamos con historiadores hispanos como Orosio, Hidacio y Ausonio, si bien inclinados en favor de la nueva religión—, con lo que ello implicó en lo concerniente a la aparición de herejías así como la interesante dialéctica que se generó entre el hombre divino pagano —theios aner— y el santo cristiano. Es de destacar la particularidad del caso hispano, con diversas invasiones bárbaras hasta la instauración del reino visigodo y su posterior caída en manos musulmanas, hecho que anuncia el amanecer una nueva época.

En cierta manera y en la medida en que este corto espacio nos lo ha permitido, hemos repasado, pues, la relación entre el trato otorgado a las fuentes primarias en alguno de los momentos más decisivos de la historia antigua hispana y la importancia del conocimiento por parte del investigador de las tendencias historiográficas actuales cuyas corrientes generan distintas formas de interpretación de los textos clásicos. Y es que no es sino a través del recíproco intercambio de pareceres e hipótesis como la ciencia acomete sus avances. A modo de conclusión cabe decir que las limitaciones que las fuentes primarias para el estudio de la historia antigua de la Península Ibérica y que se manifiestan a través de su marcado patriotismo romano, de la falta de precisión en datos geográficos y etnológicos o información fragmentaria y focalizada únicamente en episodios bélicos, son atributos que convierten en compleja la labor del investigador pero también en un motivador reto al cual enfrentarse.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA COMENTADA:

SÁNCHEZ-MORENO, E. (coord.): «Las fuentes literarias y su contexto historiográfico». En id. Historia de España. Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica. Vol. I. Las fuentes y la Iberia colonial. Madrid, Sílex, 2007, pp. 19-51.

SÁNCHEZ-MORENO, E. (coord.): Historia de España. Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica. Vol II. La Iberia prerromana y la Romanidad. Madrid, Sílex, 2008.

Destaca el carácter con el que ha de dotarse toda publicación que pretenda convertirse en vademecum del estudiante y del investigador en los tiempos contemporáneos y no es otro sino el de incorporar las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) cuanto menos en sus addenda de recursos para ampliar información; ciertamente es algo que encontramos en la conveniente bibliografía comentada que incluye cada capítulo de la presente obra.

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