Sobre el texto de Tácito en Annales I.3: los avatares de la familia Julio-Claudia y el republicanismo taciteo

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En esta entrada vamos a comentar un texto interesante de Tácito, un escritor del siglo II d.C. que escribió la historia de la primera familia imperial en sus Anales y que, por suerte, nos ha llegado gran parte de la misma. Con cierta nostalgia republicana y desapego por las intromisiones femeninas en roles típicamente masculinos, junto con Suetonio se ha convertido en el autor que ha creado el imaginario colectivo que posee la sociedad actual sobre la primera centuria del Imperio Romano.

Ut Agrippa vita concessit, Lucium Caesarem euntem ad Hispaniensis exercitus, Gaium remeantem Armenia et vulnere invalidum mors fato propera vel novercae Livia dolus abstulit, Drusoque pridem extinto Nero solus e privignis erat, illuc cuncta vergere: filius, collega imperii, consors tribuniciae potestatis adsumitur omnisque per exercitus ostentatur, non obscuris, ut antea, matris artibus, sed palam hortatu. nam senem Augustum devinxerat adeo, uti nepotem unicum, Agrippam Postumum, in insulam Planasiam proiecerit, rudem sane bonarum atrium et robore corporis stolide ferocem, nullius tamen flagitii conpertum. at hercule Germanicum Druso ortum octo apud Rhenum legionibus inposuit adscirique per adoptionem a Tiberio iussit, quamquam esset in domo Tiberii filius iuvenis, sed quo pluribus munimentis insisteret. bellum ea tempestate nullum nisi adversus Germanus supererat, abolendae magis infamiae ob amissum cum Quintilio Varo exercitum quam cupidine proferendi imperii aut dignum ob praemium. domi res tranquillae, eadem magistratuum vocabula; iuniores post Actiacam victoria, etiam sense plerique inter bella civium nati: quitus quisque reliquus qui rem publicam vidisset?[1]

Una vez que murió Agripa, que a Lucio César, marchando a los ejércitos de Hispania, a Cayo, regresando de Armenia y debilitado por una herida, una muerte prematura se los llevó consigo bien por voluntad divina bien por engaño de la madrastra Livia y que, con Druso desaparecido tiempo ha, solo Nerón quedaba como hijastro, en este punto todas las cosas convergieron: es presentado como hijo, colega del poder, copartícipe de la potestad tribunicia y mostrado a todos ante el ejército, no mediante las oscuras artimañas de su madre —como antes— sino por mandato público. Y es que hasta tal punto había atado al anciano Augusto que a su único nieto, Agripa Póstumo —realmente ignorante de las buenas maneras y estúpidamente orgulloso por la fortaleza de su cuerpo, pero no convicto de crimen alguno—, desterró a la isla de Planasia. En cambio ¡por Hércules! Puso a Germánico, hijo de Druso, al frente de ocho legiones junto al Rin y ordenó que fuera acogido en adopción por Tiberio, por más que hubiese en casa de éste un hijo ya crecido, pero con ello se conseguían más apoyos. En aquel tiempo ninguna guerra quedaba sino contra los germanos, más para abolir las infamias por causa de la pérdida del ejército con Quintilio Varo que por el deseo de dar mayor extensión al imperio o por un botín digno. En Roma las cosas tranquilas, los nombres de los magistrados los mismos; nacidos los más jóvenes después de la victoria de Accio, también la mayoría de los viejos en medio de las guerras civiles: ¿En qué medida quedaba alguien que hubiese visto la República? (T.A.)[2]

  1. INTRODUCCIÓN

El texto de Tácito Annales I.3 me parece representativo tanto desde el punto de vista de la presencia del “poder político” de la mujer en Roma, de la manera de escribir tacitea así como de la idea general de las vicisitudes que vivió la primera dinastía imperial. No me refiero a otra cosa sino principalmente a Livia, esposa de Augusto, madre de Tiberio, y al republicanismo de Tácito inherente en las líneas arriba transcritas. Así, situamos primero en el tiempo el pasaje y definimos los nombres propios que en él aparecen para después describir al autor y su estilo lo cual lo relacionamos finalmente con lo que de ello se refleja en el mismo.

 

  1. CRONOLOGÍA Y CONTEXTO HISTÓRICO

En primer lugar, resulta preciso que insertemos el texto en su marco cronológico correspondiente —extendiéndonos más adelante con las explicaciones pertinentes—, que no es otro que el del cambio de era. Id est, entre el año 12 a.C. —en el que fallece Agripa— y el 9 d.C. —cuando es desterrado A. Póstumo.

No en vano el pasaje nos permite situar en el tiempo, en dicha llave establecida, una serie de acontecimientos que son conocidos de manera certera como, cronológicamente: la desaparición de Druso —en el año 9 a.C.—, la muerte de los hermanos Lucio y Cayo César —en el 2 y 4 d.C. respectivamente—, mismo momento éste último cuando tiene lugar la adopción de Tiberio por Augusto y de manera simultánea la de Germánico por parte de aquél; finalmente Agripa Póstumo fue apartado a la isla de Planasia en el 9 d.C., año en el que tuvo lugar el desastre del legado Quintilio Varo. Fuera de este rango podríamos añadir a su vez la decisiva fecha de la victoria de Accio —31 a.C.—, que puso fin acasi dos décadas de guerras civiles.

Una vez situado en el tiempo, podemos comenzar por elaborar un contexto histórico que nos permita llegar a comprender en toda su magnitud un texto de tantos matices como este.

En el periodo previo a la mencionada batalla de Accio la Urbs pasaba por tiempos turbulentos. Éstos se extendían prácticamente desde el último tercio del siglo II a.C. con los Graco y la subsiguiente división en las facciones de optimates y populares que devendría a mediados del siglo I a.C. en las guerras civiles de las que habla Tácito en las últimas líneas —bella civium. Dos fueron los protagonistas de la primera fase de las mismas: Pompeyo Magno y Julio César —a la sazón victorioso. Su asesinato, en los famosos Idus Martii del año 44 a.C., supone un hito en la historia romana y, también, en la historia del Mundo Occidental. Es entonces cuando comienza su periplo hacia la púrpura un joven Octaviano, sobrino de César, quien le nombró heredero por vía testamentaria. Vengado su padre —muertos Casio y Bruto ya no había ejércitos republicanos[3] en el 42 a.C.— y honrado con un templo en el Foro, dará comienzo una segunda fase de la guerra. Durante la misma el poder evolucionará desde el triunvirato inicial —y despojado Lépido, muerto Antonio[4]hasta el unipersonal en que se cimentará el nuevo régimen del Principado.

Octaviano, nombrado Augusto en el año 27, fundó una nueva res publica. Decidió que mantuviera contornos pasados para no desagradar a la vieja nobilitas, pero se trataba realmente de una pseudo-monarquía si tenemos en cuenta los poderes que se reservó para él —tribunicia potestas, imperium proconsulare maius et infinitum y Pontifex Maximus. Un proceso de concentración de poderes en sus propias manos que Lacey (1996), a partir del verbo insurgere[5], califica como “encroachment”, algo así como “usurpación”[6], con todas sus negativas connotaciones —muy del agrado, no obstante, del estilo de Tácito, como veremos posteriormente. Y es que, los romanos, legendariamente anti-monárquicos[7], no querían ni oír hablar de aquél sistema de gobierno: Augusto sería el princeps o primer ciudadano. Se trataba, en fin, y en palabras de Richardson (2012: 139), “a family based-regime, set within the structures determined by the constitution of Republican Rome”.

Al cabo, llegamos al punto donde comienza nuestro pasaje taciteo. Y es que resultó todo un problema para la primera dinastía imperial, la Julio-Claudia, el hecho de buscar y, encontrar de facto un sucesor. La herramienta del matrimonio concertado como nexo para la sucesión dinástica en la Domus Imperatoria se convertirá en algo habitual. Así, el pasaje se convierte en una descripción de los personajes susceptibles a heredar el imperio hasta que, de una manera u otra —con la intervención o no de la madastra Livia— llega hasta su hijastro Tiberio.

Por un lado tenemos a Marco Vipsanio Agripa, de origen humilde, buen militar y compañero de la victoria[8] de Augusto además de yerno desde el 21 a.C. tras su matrimonio con su única hija, la de infausto final Julia la Mayor, por cuya rama —en su vía matriarcal— accederán a la púrpura el resto de emperadores de la dinastía con excepción de Claudio. Para muchos su camaradería con Augusto —le acompañaba desde la juventud— le convertía en primer candidato. Su muerte, sin embargo, no produjo grandes cambios en este sentido pues siguiendo su línea genealógica el princeps contaba con dos nietos varones —Cayo y Lucio César—, además de otro nacido una vez desaparecido su padre —de donde procede su nombre, Agripa Póstumo. Pero, como ya he comentado, nada sería sencillo a la hora de la transmisión de poderes para los julio-claudios. Ambos primogénitos murieron en los comienzos de sus carreras militares y el otro parecer ser que, como leemos en el texto, no tenía aptitudes para desempeñar un cargo de tamaña responsabilidad.

Por el otro lado tenemos a quien Tácito llama Nerón, que no es otro que Tiberio Claudio Nerón, hijo del primer matrimonio de Livia Drusila —esposa del princeps—, y que tras su adopción tomará el nombre de Tiberio Julio César Augusto. La adoptio tuvo lugar una vez Augusto perdió a sus nietos, herederos legítimos directos, parece ser que bajo presiones de su esposa —sobre lo que se tratará más pormenorizadamente en el siguiente epígrafe. Contamos a su vez con la presencia en las líneas que he escogido de otros dos importantes protagonistas en lo concerniente a las intrigas de sucesión dinástica. Y es que Livia engendró un segundo hijo fuera del matrimonio con Augusto y que nació una vez materializado su compromiso —con todo el revuelo que debió producir en la Urbs. Claudio Druso Nerón, quien inició la titulatura de Germanicus, murió en el limes a consecuencia de una caída de su caballo —momento en el que precisamente el historiador Tito Livio dio por finalizada su magna obra—, algo que levantó suspicacias debido a su consabido republicanismo y las lealtades con que contaba desde el senado. Su hijo menor heredará su apodo debido a sus acometidas contra las tribus bárbaras de más allá del Rin, pero no solo obtuvo de su padre la fama y la gloria, sino, decíancreditur, opinio fuit—, había heredado sus sentimientos republicanos y con ellos a su vez atrajo un funesto destino en el seno de las intrigas cortesanas.

 

  1. COMENTARIO FILOLÓGICO-HISTÓRICO

El autor del pasaje que he propuesto es Publius[9] Cornelius Tacitus. Su vida se extiende desde circa 55 d.C. – 120 d.C. Se trata de un Homo novus provincialis —él mismo cuenta que inició su cursus honorum con Vespasiano para llegar al consulado con Domiciano[10]— que dedicó la parte final de su vida al otium de escribir dos obras magnas de género historiográfico —los Anales y las Historias— y tres opúsculos —la laudatio funebris del Agrícola, el tratado etnográfico de la Germania y el retórico Diálogo sobre los oradores.

Más concretamente, las líneas pertenecen a los llamados Annales o bien Ab excessu divi Augusti annalium[11]. Una serie de dieciocho libros de los cuales tan solo conservamos grosso modo los seis primeros y los seis últimos. Pese a ello, nos encontramos ante la fuente más importante para conocer el periodo de consolidación del nuevo régimen del Principado.

Merece la pena realizar, aunque sea someramente, un repaso por la opinión de algunos estudiosos de su obra. El profesor Moralejo (1990:9) observa que se trata del “último de los clásicos”, corroborando la afirmación que terminaba el párrafo anterior admitiendo la menor fiabilidad de otras fuentes que tratan también el periodo como Suetonio o Dión Casio. Por su parte, el otro traductor taciteo para Gredos, J.M. Requejo (1981:7-8), dice no quedarse corto al sostener que su obra se encuentra entre las más sobresalientes de la literatura universal[12]. En cuanto a su metodología y estilo, el francés Goelzer (1969:264), en su introducción de los Anales opina que “la méthode d’investigation de Tacite n’est pas de nature à satisfaire aux exigences de la critique moderne”, si bien sabemos que la forma de investigar para los historiadores antiguos distaba de la cientificidad aparecida en el siglo XIX, no obstante se observa fácilmente que se valió de varias fuentes que a veces contrasta en las mismas líneas. Jackson (op. cit.: 238) señalan las siempre mencionadas características del difícil latín taciteo —“his deslike of the common speach of men, his readiness to tax to the uttermost every resource of Latin”— con el fatalismo y pesimismo adornado con su nada oculta poética y, haciendo gala de su carrera en el derecho, con el frecuente recurso a la retórica. Voz tacitea que asume Syme —a quien no podía relegar de esta breve exposición— en sus trabajos, aunque siempre con recelo de que su exceso de intereses retóricos le dañaran como historiador.

Para comenzar con aspectos ya referidos al texto concreto a tratar, voy a utilizar el nexo con la cuestión precedente del alegado republicanismo de Tácito. Éste “has a curious (but hardly straightforward) fascination with republicanism —but never directly advocates the overthrow of the imperial order and a return to the old days of senatorial control” (Withmarsh 2009:83). Es algo que queda claro con la pregunta que cierra el pasaje —quotus quisque reliquus qui rem publicam vidisset? La vieja República no solo ha desaparecido, sino que en ese preciso momento en que la figura que la había hecho desaparecer estaba consolidando dicho fenecimiento con el traspaso de su poder unipersonal, no quedaba personalidad alguna que hubiese vivido aquel tiempo. Tiempo que, por el tono melancólico con que está compuesta, nos hace confirmar esa idea de su, cuanto menos, añorado recuerdo de la República y de las costumbres antiguas. Dicho afianzamiento del régimen se puede ver nítido en la frase sed quo pluribus munimentis insiteret: con la adopción de Germánico por parte de su ahora heredero Tiberio se aseguraba definitivamente la sucesión y la perdurabilidad de su linaje bajo el nada baladí argumento de la fecunditas de su nieta Agripina la Mayor. Con todo, cabe recalcar a su vez que Tácito se sale por momentos de la línea de subjetividad que ha de mantener todo historiador al lanzar ese abierto lamento.

En un sentido análogo a la par que sugestivo —y bello también—, tenemos el at hercule con el que comienza la frase en la que explica el mando otorgado a Germánico. “En cambio ¡por Hércules!” dice Tácito, esa interjección de carácter coloquial, de nuevo subjetiva, con la que rompe el tono a favor del que podríamos denominar su “protegido”[13]. Y es que, primero Póstumo es relegado a Planasia a pesar de que era inocente de cualquier infamia y ahora su más que capaz nieto político es enviado lejos —al Rin, en el limes germano— mientras Tiberio es encumbrado gracias a las confabulaciones de la esposa del priceps.

Livia Drusila procedía de una familia aristocrática de rancio abolengo republicano como era la de los Claudios[14]. Unida en primeras nupcias con Tib. Cl. Nerón, de quien engendró a Tiberio y a Druso, fueron sus esponsales con Octaviano, futuro Augusto, las que tuvieron importantes consecuencias “not only for herself but for the entire Roman world, for it let to her lifelong association with a man who was to determine the shape of Rome’s history for centuries to come” (Barrett 2002:19).

La importancia de la aparición de Livia en el texto es doble, y es que se trata no en vano de la primera mención de una mujer en la obra. Una primera aparición que, además, conlleva una velada acusación o, cuanto menos, siembra la duda ante lo acontecido a los nietos y herederos del César. Unos engaños o astucias —dolus—, unas oscuras artimañas —obscuris artibus—, que se dejarán ver en distintas ocasiones a lo largo de los Anales[15] arguyendo la muliebri inpotentia (Ann. I.4) —aquélla falta de propio dominio, de autocontrol, de las mujeres, pensamiento muy arraigado en la Antigüedad.

Observamos que la Livia presentada por Tácito se alza sobre el anciano Augusto manejándolea su parecer. En ese momento se hace presente la ambigüedad tacitea, cuando se produce un sutil cambio de sujeto del devinxerat al proiecerit, dejando en el aire la procedencia directa de las órdenes: bien de Livia, bien del princeps.

  1. CONCLUSIONES

Como hemos visto, Tácito deja caer entre líneas sus ideas republicanas y las críticas sobre un sistema de poder que tanto se le parece al que los romanos se zafaron tantos años atrás. El texto pone en boga las intrigas que caracterizan la totalidad del reinado de la primera dinastía imperial, con esa lista de nombres que aparecen y desaparecen de la línea sucesoria. Por su parte, por primera vez una mujer se hace en cierta manera con el poder desde la sombra —aunque más bien parece tratarse más bien de una exageración de tono literario—. y es que Livia se convertirá en el paradigma sobre el que se mirarán el resto de cortesanas a lo largo del Imperio.

 

  1. BIBLIOGRAFÍA

BARRETT, A. 2002: Livia: First Lady of Imperial Rome. Yale University Press. Orwigsburg.

FELDHERR, A. 2009: The Cambridge Companion to the Roman Historians. Cambridge University Press. Cambridge.

KAPUST, D. J. 2001: Republicanism, Rhetoric, and roman political thought. Sallust, Livy, and Tacitus. Cambridge University Press. Cambridge.

LACEY, W. K. 1996: Augustus and the Principate. The evolution of the System. Francis Cairns Publications. Leeds.

RICHARDSON, J. S. 2012: Augustan Rome 44 BC to AD 14: the Restoration of the Republic and The Establishment of the Empire. The Edinburgh History of Ancient Rome. Edinburgh University Press. Edinburgh.

SYME, R. 1989: Tacitus vol. I y II. Clarendon Press. Oxford.

TÁCITO, P. C. trad. Moralejo, J. L. 1984: Annales vol. I y II. Gredos. Madrid.

TÁCITO, P. C. trad. Moralejo, J. L. 1990: Historias. Akal clásica. Madrid.

TÁCITO, P. C. trad. Requejo, J. M. 1981: Agrícola. Germania. Diálogo sobre los oradores. Gredos. Madrid.

TÁCITO, P. C. trad. Goelzer, H. 1969: Histoires v.2. Les Belles Lettres. Paris.

TÁCITO, P. C. trad. Jackson, J. 1979: Tacitus v.III. Loeb Classical Library. Cambridge.

WITHMARSH, T. 2009: “Ancient History Through Ancient Literature”. En A. ERSKINE (ed.): A Companion to Ancient History. Blackwell. Oxoford: 77-86.

NOTAS:

[1] Tac. Annales I.3.

[2] Traducción del Autor. “So long as Europe retains the consciousness of her origins, so long —by some at least— must the history of Rome be read in the Roman tongue” (Jackson 1979: 238).

[3]Tac. Annales I.2: postquam Bruto et Cassio caesis nulla iam publica arma.

[4] Tac. Annales I.2: exutoque Lepido, interfecto Antonio.

[5] Tac. Annales I.2: ubi militem donis, populum annona, cunctos dulcedine otii pellexit, insurgere paulatim, munia senatus magistratuum legum in se trahere.

[6] Collings Spanish Dictionary. 8th Edition. 2005.

[7] La tradición cuenta que Roma fue fundada como una monarquía por los hermanos gemelos Rómulo y Remo en 753 a.C., sin embargo, en 509 su último rey, el etrusco Tarquinio el Soberbio fue expulsado de la ciudad iniciándose la República.

[8] Tac. Annales I.3: ignobilem loco, bonum militia et victoriae socium.

[9] Sobre el debate en torno al praenomen de nuestro autor —Publio/Cayo— véase la discusión en el tomo IV.1, página 395 y siguientes de la Pauly–Wissowa Realencyclopädie der Classischen Altertumswissenschaft (RE).

[10] Tac. Historiae I.1: dignitatem nostram a Vespasiano inchoatam, a Tito auctam, a Domitiano longius provectam non abnuerim.

[11] Es de este modo como se le denomina en el códice Mediceo, el más antiguo —del sigo IX— y el único existente para los seis primeros libros.

[12] Cf. GUDEMAN, A. 1942: Historia de la literatura latina. 3ª ed. Barcelona y PARATORE, E. 1962: Tacito. 2ª ed. Roma, citados por el propio traductor.

[13] A lo largo de los dos primeros libros de Anales se cuenta la infortunada historia de  Germánico y su esposa Agripina la Mayor —nieta de Augusto al ser hija de Julia la Mayor y de M.V. Agripa. Hacia ambos guarda Tácito gran respeto evidenciado en sus siempre positivos comentarios que llegan al grado de elogios ante las virtudes demostradas en vida por ambos.

[14] Resulta curioso que su padre —adoptado por Marco Livio Druso, que enarboló la causa de integrar a todos los itálicos en la ciudadanía romana en 91 a.C., de quien tomó el nombre que a su vez dará lugar en el de su hija— participara en la facción de los asesinos de Julio César y se suicidará después de la derrota de Filipos en 42. Su primer esposo, tal vez por influencia de su suegro, también siguió dicha facción.

[15]Cf. las sospechas sobre la muerte de Augusto (I.5), de Póstumo Agripa (I.6) o de Germánico (I.33; II.77).

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