Sobre el texto de la “Capitulare de villis”

Capitulare de villisNos encontramos en esta entrada ante un texto como el de la capitular “de villis” que forma parte de las fuentes primarias —el original latino se encuentra conservado en la biblioteca de Wolfenbüttel, Alemania[1]— cuya importancia resulta esencial para conocer el periodo carolingio.

Y es que la Historia, como afirma Ruiz de la Peña (1954: 251), “descansa sobre las fuentes”, unas fuentes que nos han llegado por vía escrita y que, a la sazón de ser “una construcción cultural que condiciona e incluso tergiversa la imagen que transmite de la realidad” (Ruiz Gómez 1998: 74), han de ser sometidas a su correspondiente crítica textual y al análisis de su discurso. Con todo, es el documento el verdadero objeto sobre el que trabaja todo historiador.

En el dilatado periodo medieval los primeros documentos escritos fueron los relacionados con los derechos de propiedad inmobiliarios —e.g. los polípticos carolingios elaborados en los monasterios—, que junto a los de carácter religioso-funerario son los que generan el corpus que puebla los archivos estatales y eclesiales. Durante la época carolingia —dejando ahora a un lado importantes monumentos conservados como la capilla palatina de Aquisgrán—, gracias al denominado Renacimiento carolingio, la producción documental aumentó generándose una serie de textos narrativos de carácter político, histórico, eclesial y, sobre todo, jurídico. Siendo precisamente éste último el carácter del protagonista del presente comentario.

Así, nuestro documento —cuyo nombre completo es el de capitulare de villis vel curtis imperii— se trata concretamente de una capitular. Las capitulares son una  “colección de textos legislativos agrupados en capítulos” (ibidem 1998: 82) que —dictados directamente por el emperador o bien por un legado, el comes[2]— resultaron aprobados por el conventus generalis o placitum generale, id est, la Asamblea General Carolingia —de cuya observancia se encargaban unos funcionarios reales a modo de inspectores denominados missi dominici o “enviados del señor”[3]— y que “tratan minuciosamente de la administración y de la gestión de los dominios reales y de numerosos temas relacionados con la vida cotidiana de la población” (Delperrié 1985: 189). Y es que entre las distintas fuentes medievales las legislativas destacan por su significativa contribución al “conocimiento de la estructura política de los Estados occidentales” (ibidem 1954: 295) además de sus aportaciones para el estudio de la sociedad y economía de la época. Con lo que este autor califica de “prioritario” el lugar que ocupan las capitulares carolingias como fuentes primarias.

Por el contrario, otros autores atienden a la dificultad para definir las capitulares, su naturaleza y propósito, argumentando que “su papel como textos escritos es totalmente secundario en relación con los objetivos por los que se formularon originariamente sus contenidos” (Collins 2000: 383). Define a su vez su autoridad más bien de carácter oral ya que tras la voz del rey el registro de sus dictámenes no era registrado sistemáticamente, algo que se llevaría a cabo a posteriori a modo de recopilatorio de normativas para futuros decretos.

Resulta preciso para llegar a comprender en toda su magnitud el texto que lo situemos en el tiempo y conozcamos, cuanto menos someramente, los aspectos que caracterizan el periodo. En cuanto a la cronología de la capitular parece que sería emanada de la cancillería real de Carlomagno en un momento en torno a finales del siglo VIII y principios del IX d.C.

Enmarcada, así pues, en torno al año 800 de nuestra era, se trata sin duda alguna del momento de máximo apogeo y esplendor de Carlomagno. Periodo durante el cual se solidificó la base ideológica de su régimen político “expresado con especial claridad en la impresionante serie de capitulares, en especial las promulgadas entre los años 789 y 806” (ibidem), entre las que se incluye nuestra protagonista.

Desde comienzos del siglo VIII los antepasados de la familia de Carlomagno y sus vasallos llevaron a cabo continuos conflictos con otros clanes aristocráticos extendiendo en el espacio y en el tiempo una devastación y ruina sobre la que se edificará un nuevo Imperio, adalid de la memoria del Imperio Romano. Carlos I el Grande fue rey de los Francos desde 768, a lo que hubo que añadir rey de los Lombardos desde 774 y, desde el 25 de diciembre del año 800 —pese a mostrarse en principio hostil ante la decisión adoptada por el Pontífice, que fue quien le coronó[4]—, primer emperador en Europa occidental —del denominado Imperio Carolingio— desde la caída del Imperio Romano de Occidente hacía ya más de tres centurias —siempre desde el marco de una comunidad cristiana que había abrazado a nivel continental el mismo credo religioso. Gobernó hasta su muerte en 814 dejando a su hijo Ludovico en el trono.

A nivel cultural se conoce al periodo como “Renacimiento carolingio”. Durante el mismo se produjo un incremento de la actividad cultural que, si bien no llegó mucho más allá de la corte imperial —los llamados literati—, hay que otorgarle la importancia que detenta el hecho de que se interesaran por conservar y copiar las obras clásicas en un momento en que estaban desapareciendo por completo las obras de los antiguos.

Sin embargo, es el nivel económico-administrativo al que debemos prestar mayor atención, pues la capitulare de villis —para Contamine (2000: 45) un “verdadero tratado de gestión de los dominios públicos”— trata asuntos que guardan más estrecha relación con esta rama de la actividad político-social. Y es que para concluirse un plan tan ambicioso como el de Carlomagno, éste debía contar con amplios recursos de todo tipo, los cuales habían de ser gestionados convenientemente. De esta manera florecen los textos normativos y de gestión que consiguieron finalmente fortalecer la economía carolingia hasta el punto de expandir el progreso comercial a nivel continental. Con todo, no parece que se exceda Halphen (1992: 150) al definir, a partir del análisis de las distintas capitulares, la administración del emperador como “inteligente”.

En la introducción ya hemos definido nuestro documento jurídico de ordenanza o capitular —capitulare—, a lo que conviene añadir que se compone de una serie de setenta artículos o capítulos —capitula— que expresan en soporte escrito las decisiones tomadas por Carlomagno ante la asamblea. Éstos tienen que ver con la organización política y administrativa de los territorios Imperio.

Es momento de acercarse a otros conceptos que aparecen a su vez ya en el título del mismo como son las palabras villis y curtis, que paso a analizar a continuación. Por un lado, la primera indica el marco geográfico en el que insertar el periodo —no excesivamente alejado sino más bien heredero del de las villae tardoantiguas— de los grandes conjuntos territoriales o dominios[5] cuya “tierra se hallaba dividida en múltiples explotaciones, una muy amplia, cuya explotación se reservaba el dueño en cultivo, y las demás, en número variable, mucho más reducidas, otorgadas a familias campesinas” (Duby 1976: 105). Por otro lado, curtis hace referencia a ese espacio cercado y edificado de este territorio en la que se organiza el mansus indominicatus y que dará lugar a la palabra “corte” que pasará a denominar lo que el Diccionario de la Real Academia Española define como “población donde habitualmente reside el soberano en las monarquías”.

Tras una primera lectura de la traducción y un vistazo al texto latino podemos observar su peculiar morfología a base de oraciones subordinadas con ut que completan el verbo volo —querer, desear— en su forma de primera persona del plural del presente indicativo: el volumus ut se va a venir repitiendo a lo largo de muchos de los capítulos que componen el texto. Un “queremos que…” utilizado como fórmula jurídica para indicar mandato u orden a cumplir obligatoriamente al proceder de instancias reales —ya “en palabra del rey o de la reina” (T.A.), de verbo nostro aut reginae (art. XVI). 

Dejando los aspectos más filológicos del texto nos aproximaremos ahora a sus artículos de mayor calado para el historiador. Así, son variadas las temáticas que se tratan en la capitular: ingresos reales —entendidos como todo activo de cualquier tipo a favor del monarca—, distintos aspectos relacionados con la vida cotidiana en la corte y entre sus vasallos —relacionado con trabajos agropecuarios— así como elementos organizativos de talante funcionarial y de servicio.

Hay que tener presente que los ingresos regulares para el Imperio venían de las villae  de las que habla el texto, pues, como podemos leer, proporcionaban un conjunto variado de productos alimentarios así como manufacturas además de las rentas. En primer lugar cabe decir que se emplea indistintamente dicho término junto al de fisci para referirse al patrimonio regio en un modo de asimilación a los que en Roma se consideraban como tierras del fisco: e.g. artículos IV —franci autem qui in fisci aut villis nostris commanent y LII—volumus ut de fiscalis vel servis nostris sive de ingenuis qui per fiscos aut villas nostras commanent…

Por lo demás, es una constante el hecho de encontrarse a lo largo del documento una larga serie de géneros tales como tocino, carne, salazones, vinagre, quesos, mantequilla, etc. Que viene a definir como “todo aquello que se ha elaborado con las manos” (T.A.) —quicquid manibus laboraverint (art. XXXIV). En el artículo citado curiosamente se exhorta a manipularlos omnia cum summo nitore. Los animales de donde se obtienen esos géneros —vacas, cerdos, corderos…— son también aludidos (e.g. art. III) así como otros comestibles derivados de los trabajos campestres, a saber, leña, frutos, huevos, miel, etc. Acémilas y toros son igualmente objeto de alusión, y es que ya se preocupa el monarca de alentar a que bosques, prados y cultivos estén bien guardados —bene sint custoditae (art. XXXVI).

Al cabo, nos hacemos una buena idea del carácter primordialmente agrícola de esta sociedad altomedieval y el celo que ponían los señores dirigentes —en este caso Carlomagno y su corte con ayuda de los omnipresentes intendentes o iudices— para que los trabajos se llevaran a cabo de manera óptima y que así recibieran la parte que les correspondía. Además de los iudices, existían otros oficiales que colaboraban en las tareas de gestión y administración de las haciendas y mansi. Lo comprobamos en el artículo X con los maioris nostri et forestarii, poledrarii, cellerarii, decani, telonarii vel ceteri ministeriales rega.

Entre las diligencias solicitadas por el emperador a los iudices resulta interesante lo que encontramos en el artículo LXII, a la sazón entre los más largos de toda la capitular. En el mismo se pide el envío anual —per singulos annos— por Navidad —ad navitatem— de un informe en el que figure una muy detallada lista de rentas —desde el número de tierras de cultivo, pasando por los animales domésticos y los capturados en partidas de caza o los edificios productivos como molinos— y recursos humanos, materiales —instrumentos de trabajo o manufacturados— y alimentarios. Todo ello ut scire valeamus quid vel quantum de singulis rebus habeamus. Y es que desde el artículo I es posible discernir cómo Carlomagno mantiene el principal cuidado de que se genere en beneficio propio todo recurso que sea posible obtener a partir de sus propios territorios (op. cit. 1992: 151).

Otro tema bastante recurrente en las disposiciones de la capitular son una serie de preceptos vinculados con la Corte y el Palacio, esto es, lo que más se acerca a la figura del emperador. De esta suerte, lo hallamos en artículos como el XXVII, XL, XLI, XLII o LXI. Tenemos el procedimiento a seguir en la Corte en lo concerniente al hospedaje de comisarios o enviados extranjeros —missi vel legatio. Éste debe ir precedido de la preceptiva orden bien del rey, bien de la reina, aunque los delegados reales han de atenderles sin descuidar que sean tratados satisfactoriamente. Asimismo, se establece que los aposentos reales —casae nostrae— sean calentados en todo momento con fuego y protegidos debidamente no solo en su sede habitual sino también en cada una con las que cuente el monarca —unaquaeque villa—, que habrán de almacenar todo tipo de pertrechos conforme a necesidad y mayor comodidad.

En la misma línea se ordena vigilancia —sint custoditae— en los alrededores palaciegos. La normativa tampoco olvida la suntuosidad —pro dignitatis causa— de todo alto escalafón de gobierno y añade, por tanto, que no falten animales extraños o especialmente bellos —en este caso aves del tipo de pavos, faisanes, etc. Los privilegios de la Corte regia se hacen notar en materias como la bebida germánica por excelencia, la cerveza, en relación con ello el artículo LXI se manifiesta revelador: ut unusquisque iudex quando servierit suos bracios ad palatium ducere faciat, et simul veniant magistri qui cervisam bonam ibidem facere debeant.

Finalmente, en la capitular se habla también del diezmo a pagar a las iglesias de los distintos dominios —volumus ut iudices nostri decimam ex omni conlaboratu pleniter donent ad ecclesias quae sunt in nostris fiscis (art. VI)— así como al propio rey las dos terceras partes de determinados alimentos y manufacturas advirtiendo, en este caso, que desde la administración se hará por conocer si la suma del envío se ha efectuado correctamente, cerciorándose que el remanente es la tercera parte —vd. art. XLIV. Igualmente contamos con asuntos como el de los pesos y medidas —art. IX—, algo que Carlomagno se esforzaba por unificar y terminó por hacerlo (op. cit. 1985: 189). En materia de justicia se refieren artículos como el IV en el que, a efectos de latrocinio aut alio neglecto o pro homicidio et incendio, se dictan las penas de reparación total del daño junto al castigo del látigo para el primero y de multas —frauda— para el segundo. Y para terminar quisiera hacer alusión al último y más largo artículo de la capitular —art. LXX— el cual realiza una sesuda enumeración de toda clase de especies de flores, hortalizas, legumbres y árboles frutales que han de cultivarse en los jardines de las villas —volumus quod in hortum omnes herbas habeant, id est…

A modo de conclusión, el texto de la capitulare de villis vel curtis imperii nos ofrece un amplio panorama de temáticas ofreciendo una profusión informativa con la cual el historiador puede ayudarse a llevar a cabo su tarea en distintas ramas de su saber tales como la historia social o económica del periodo altomedieval. Más concretamente constituye una fuente primaria de carácter legislativo —al menos esta era su función original— de vital importancia para el conocimiento del Imperio Carolingio.

Y es que hemos de ser conscientes de la escasez de documentos escritos que nos han legado los oscuros siglos que dieron paso a la plenitud medieval. Así pues, entendemos la trascendencia de la capitular en un momento en que resulta prácticamente inevitable moverse a menudo entre conjeturas, sobre todo cuando no contamos con instrumentos o fuentes directas y originales. Ya que todo investigador ha de aportar el mayor número de garantías posible en la medida que posibiliten un determinado grado de credibilidad tanto al método científico que ha realizado como a las conclusiones a las que este le ha conducido.

La Historia debe ser interpretada y escrita desde fuentes originales como la capitulare de villis del presente comentario. A ellas hay que someter a una crítica rigurosa y saber utilizar con un fundado método científico. Solo así las conclusiones a las que llegue una investigación podrán aportar una colaboración útil a la comunidad científica.


[1] Para obtener una más profunda comprensión del texto y su alcance no he dejado de acudir a su edición original latina —considerando una aptitud esencial en el historiador la de conocer las lenguas en las que se expresaban nuestros antepasados— a través del recurso electrónico que ofrece la Bibliotheca Augustana, de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Augsburgo:

http://www.hs-augsburg.de/~harsch/Chronologia/Lspost08/CarolusMagnus/kar_vill.html

[2] En lo concerniente a los autores de estos conjuntos de instrucciones hay que decir que no aparecen mencionados en ningún lado y se mantiene en debate académico. Si bien para algunos parece que la capitular de villis se relacionaría con personajes del alto clero o hablan del escriba Alcuino, otros afirman que “resulta muy difícil precisar si emanó del mismo Carlomagno o de su hijo Luis (el futuro Ludovico Pío), entonces delegado de su padre en el gobierno de Aquitania” (Halphen 1992: 150).

[3] Vid. MGH capit., vol. I, núm. 21. Fechada en 802 y conocida como “Capitular Programática”, en ella Carlomagno envía grupos de missi para que arreglen de acuerdo a la justicia cualquier tipo de litigio así como para que exigieran un nuevo juramento de lealtad.

[4] Eginhardo, Vita Karoli MagniQuo tempore imperatoris et augusti nomen accepit. Quod primo in tantum aversatus est, ut adfirmaret se eo die, quamvis praecipua festivitas esset, ecclesiam non intraturum, si pontificis consilium praescire potuisset.

[5] Bien parece según ciertas evidencias que desde época merovingia existía la preocupación por crear nuevas superficies agrícolas bajo mandato de señores laicos y eclesiásticos (Doehaerd 1984: 38). Se trata, al cabo, “del conjunto de villae y de pequeñas y medianas propiedades” en que estaban divididos todos los latifundios de la Alta Edad Media (ibidem 1984: 91). Sin embargo, hay autores que opinan que “por tratarse de una disposición modélica y omnicomprensiva el capitular no sea quizás la manera más realista de aproximarse a la villa” (Isla 1992: 145).

BIBLIOGRAFÍA

COLLINS, R. 2000: La Europa de la Alta Edad Media. Akal. Madrid.

CONTAMINE, P. et alii 2000: La economía medieval. Akal. Madrid.

DELPERRIÉ DE BAYAC, J. 1985: Carlomagno. Orbis. Barcelona.

DOEHAERD, R. 1984: Occidente durante la Alta Edad Media. Economías y sociedades. Labor. Barcelona.

DUBY, G. 1976: Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea (500-1200). Siglo XXI. Madrid.

EGINHARDO tr. de Riquer, A.1986: Vida de Carlomagno. PPU. Barcelona.

ISLA FREZ, A. 1993: La Europa de los Carolingios. Síntesis. Madrid.

RUIZ GÓMEZ, F. 1998: “Fuentes”. En F. Ruiz Gómez: Introducción a la Historia Medieval. Síntesis. Madrid: 73-105.

RUIZ DE LA PEÑA, J. I. 1984: “Las fuentes de la Historia Medieval”. En J. I. Ruiz de la Peña: Introducción al estudio de la Edad Media. Siglo XXI. Madrid: 251-306.

HALPHEN, L. 1992: Carlomagno y el Imperio Carolingio. Akal. Madrid.

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2 respuestas a Sobre el texto de la “Capitulare de villis”

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  2. Pep dijo:

    Muy interesante muchas gracias.

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