La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (V): Un día en Roma

Calle principal pompeyana con dirección al foro al que da entrada el arco del fondo. Foto: el autor

Calle principal pompeyana con dirección al foro al que da entrada el arco del fondo. Foto: el autor

En esta última entrada sobre las temas que tratan las sátiras de Juvenal en relación con la sociedad romana, hablo del día a día en la Ciudad. Mucha es la información que el poeta menciona en su obra sobre este asunto, con lo que ha quedado más larga de lo normal, pero no deja de resultar curioso a cada línea pues son aspectos que los autores historiográficos no suelen mencionar y que, por otro lado, tanto atraen al curioso amante de la civilización romana: los quehaceres diarios, los olores, los edificios y, sobre todo, las gentes —mendigos, clientes, patronos, soldados, marineros, prostitutas, poetas, etc.

Una mañana en la Urbs resultaba fatigosa tanto para el nobilis como para la plebs, ambos dedicados, respectivamente, a la denominada salutatio matutina clientelar a sus patronos. Los togados clientes se levantan bien temprano —en ocasiones hasta el punto de vislumbrarse todavía los astros en el cielo— y acuden con una pequeña cesta —sportula— a casa de aquéllos que despacharán más rápido a los desprotegidos —id est, a los más pobres. Si a continuación  les siguiéramos en el paseo que realizan por Roma, nos podríamos encontrar con todo un elenco de situaciones que tan amenamente describe Juvenal las cuales me dispongo a exponer a continuación.

No tardarían en llegarnos los fuertes olores de industrias de mercancías malolientes como la de los curtidos a pesar de que se situaban al otro lado del Tíber —Tiberim ultra— a la sazón de unas ordenanzas municipales. Junto a ello lo haría a su vez el vocerío constante de una multitud que inundaba las calles y que impedía el paso ligero —Grandes pisotones recibo ahora por todas partes y en los dedos se me clavan las tachuelas del soldado[1]. Entre las voces tal vez podríamos diferenciar la de un orador o de un poeta, de tez pálida debido a su recluido trabajo, en uno de los foros o en cualquier pórtico donde habitualmente resuenan sus lecturas públicas o recitationes, entre los plátanos y columnas. Si nos acercásemos observaríamos que la vehemencia con que declama provoca salivazos en la pechera de su toga, en la que enseguida aparecen trazos del sudor —madidis alis—; quizá después, triunfante, pueda colocar verdes palmas en las puertas de su casa. Si lo que se observan, por otro lado, son ramas de laurel y flores deberemos saber que se trata de un día de boda en aquel hogar, y si vemos guirnaldas de un recién nacido que, a los pocos días, deberá el pater familias reconocer —tollere.

No cabe duda de que los que más cómodamente se desplazan a través de la Urbs son aquellos que viajan en litera —lectica—: bien leyendo, escribiendo o durmiendo. Se dejan ver abogados seguidos de delatores —a veces los propios esclavos de sus dueños— que, ya desde los sicofantas[2] griegos, abundaban en los pleitos para ganarse unos denarios, y que les acompañaban incluso hasta a los baños cual comitiva. Volviendo a las literas, las había de todo tipo destacando las de grandes cristaleras y portadas por esclavos sirios o, exempli gratiapor dos forzudos de grey moesia duo fortes grege Moesorum—, esto es, de la zona del bajo Danubio.

Al otro lado de la escala social encontramos a multitud de mendigos y vagabundos que pueblan los callejones y puentes. Como bien advierte Juvenal, no hemos de confundirles con un filósofo cínico por sus ropas sucias y raídas debido a los roces con las aceras que hacen de su frío tálamo. La esterilla y el bastón —teges et baculus— son sus posesiones, solo la mendicidad les salva, si tienen fortuna, de la hambruna. Para ello, suelen deambular en las pronunciadas cuestas donde las ostentosas literas disminuyen su velocidad, lo que aprovechan con sagacidad, o tal vez cuenten con cierto arte que les permita representar alguna escena de juglaría urbana; si demuestran cierto músculo —y también agallas— puede que les lleve a que un lanista les acepte en su palestra donde al menos podrá llevarse al cuerpo un revuelto rancho barato —miscellanea. A otro tipo de mendigo le reconoceremos con facilidad, aquél que ha sido víctima de un naufragio pues lleva con él una tabla, a modo de resto del pecio, con una inscripción, pintura o dibujo de lo sucedido —picta tempestate— con la que pide cerca del puerto.

Tal vez te dé por entrar en una biblioteca. Allí los retratos y obras de autores como Horacio y Virgilio cogen el hollín procedente de las lámparas de aceite, se corrompen y las letras palidecen haciéndose borrosas; un poetastro apura cualquier espacio libre o margen del pergamino para escribir, pues sus ganancias no alcanzan para adquirir dichos amarillentos soportes —color que le daba el barniz con que se rociaban. Otra opción sería una basílica, donde nunca un civil superará las ventajas —commoda communia— con que cuenta un militar benemérito de macizo collar —torques—: se trata de un consabido abuso jurídico que provoca la ausencia de este tipo de litigios ante los jueces. Si un día visitas el puerto de Ostia no te creas todo de las exageradas historias que narran los ociosos marineros de las tabernae, alguno luciendo una brillante cabeza rapada —vertice raso— en cumplimiento de un voto a cierta divinidad por su regreso sano y salvo —en este caso podría tratarse de Isis—; en el muelle es fácil observar a gente que levanta el dedo corazón —mediumque ostendere unguem— antes de partir en redonda nave, se trata de nuestras actuales peinetas pero sin su peyorativo significado sino como método para el alejamiento de la mala fortuna.

Junto a los sagrados templos verás a ciudadanos conducir animales a sacrificar en honor de la Tríada Capitolina: ovejas para Juno y Minerva y un ternero para Júpiter —tan solo los más ricos pueden afrontar la mayor dignidad de un robusto toro blanco. En sus plataformas o en sus estriadas columnatas aquéllos depositan a su vez una serie de cuadros votivos —tabula votiva— sobresaliendo los del templo de Isis en el Llano de Marte, algo que Juvenal considera innecesario pues el hombre tan solo debería pedir a la divinidad por una mente sana en un cuerpo sanoMens sana in corpore sano[3]. Una escena delictiva que no parece poco frecuente era la del ladrón que penetraba con nocturnidad a los santuarios para raspar el recubrimiento dorado o arrebatarle a las figuras atributos como sus cascos, coronas o grandes copas; también tenían como objetivo los dineros atesorados en ellos contra lo que se sancionó la medida de colocar centinelas a la entrada del de Cástor y Pólux.

Por la noche no descansaba la Urbe eterna, al ponerse el sol se sucedía el estrepitoso trasiego de carros y carretas —cuya circulación estaba prohibida por ley durante el día— con mercancías pesadas como madera, mármol o tejas y también peligrosas pues eran comunes los accidentes —en poética exageración Juvenal aconseja no salir a una cena sin haber hecho primero testamento. Los ruidos de las peleas —que nunca tocan al rico pues se desplaza con luminosas teas y esclavos armados— o de las comilonas de los collegia penetraban con facilidad a través de las estrechas paredes de las insulae ocasionando insomnio a sus inquilinos. Domi, insulae y tabernae cerraban sus puertas a cal y canto para evitar una delincuencia callejera cuya abundancia obligaba a que hubiera más de una cárcel en Roma, lo que apena a nuestro autor.

Las citas y encuentros entre amantes y enamorados se realizaban en pórticos columnados, quienes solían intimar en el Campo de Marte junto al templo de Isis. El galán llevaría, entre otros ropajes, unas calzas o bragas —bracae— adoptadas de celtas o galos, predecesoras de nuestros pantalones y la dama, por su parte, tal vez uno de aquéllos complejos altos peinados que pusieron de moda las augustas de la dinastía Flavia que le haría parecer más alta y tener mayor presencia —una Andrómaca verás de frente, por detrás es más pequeña, creerás que es otra[4]. En otra línea, la prostitución se ejercía en determinados lugares de la ciudad, aparte de los lupanares, como en las cercanías del circo aprovechando su arquitectura en forma de hornacina —fornix[5] o a las afueras de la misma en el interior de algún gran sepulcro techado o de un templo, mancillándolo —y es que ¿en qué templo no se prostituye una mujer?[6] Una escena del teatro cómico muy recurrente era aquella por la que un esposo llegaba a su casa mientras su mujer cometía adulterio con otro hombre, el cual debía esconderse en la cesta de la ropa.

Por último, una serie de episodios de la vida cotidiana romana podrían ser los siguientes: en las inmediaciones del mercado esperan codiciosos acreedores a sus deudores retrasados; se celebra en una plaza una subasta de esclavos con los pies blanqueados —albis pedibus— con cal, esto es, la manera con que se distinguía a los extranjeros; en el teatro un inquilinus advenedizo como nuevo caballero —para lo que era necesario un patrimonio de al menos 400.000 sestercios— le arrebata el puesto en las primeras filas a un avergonzado nativo romano venido a menos; al fresco del pórtico se sienta el anciano a quien su joven esclavo heleno —servus— lee las acta, una especie de periódico local instaurado desde Julio César en el que se anunciaban las noticias o novedades del día a día en Roma por ejemplo los nacimientos o defunciones; por una empinada calleja resbalan los restos de una escupidera que acaba de ser arrojada por una ventana, desde otra se lanza un viejo vaso de barro que se rompe en pedazos. Un cliente de un anciano —senex— sin hijos coloca un libelo votivo pidiendo por su salud y prometiendo hecatombes, se trata de uno de los denominados despectivamente cazatestamentos que ofrecerían en sacrificio, se jacta Juvenal, hasta su propia Ifigenia[7], otro grupo de éstos clama a su patrono que sobre los Rostra del Forum perora mediocremente.


[1]Juvenal III.246-247: planta mox undique magna calcor, et in digito clavus mihi militis haeret.

[2]Συκοφάντης: denunciantes profesionales que cobraban de algún interesado tercero que permanecía en el anonimato. Pronto se promulgaron normativas para evitar sus denuncias falsas y eran mal vistos por la sociedad. Mas info.

[3]Juvenal X.356. Junto al panem et circenses de X.80 se trata de los dos aforismos más celebrados a lo largo de la literatura universal, indelebles en la definición de la cultura romana.

[4]Juvenal VI.503-504: Andromachen a fronte videbis, post minor est, credas aliam.

[5]Cuyo étimo será la voz castellana fornicar.

[6]Juvenal IX.22: nam quo non prostat femina templo?

Esta entrada fue publicada en Roma y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (V): Un día en Roma

  1. Pingback: La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (IV): la Urbs | Sit Tibi Terra Levis

  2. Pingback: La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (VI): Peroratio | Sit Tibi Terra Levis

  3. Pingback: La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (I) | Sit Tibi Terra Levis

  4. Pingback: La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (II): el banquete | Sit Tibi Terra Levis

  5. Pingback: La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (III): la educación | Sit Tibi Terra Levis

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s