La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (IV): la Urbs

Loba Capitolina, Museos Capitolinos, Roma. Foto: el autor.

Loba Capitolina, al fondo restos del templo de Júpiter, Museos Capitolinos, Roma. Foto: el autor.

Gracias a los versos de Juvenal conocemos un poco más la complexión de la Urbs. Sus descripciones de sus barrios más transitados y las gentes que habitaban en ellos son habituales en su obra. Por ello, debido a la gran información obtenida la he dividido en dos entradas: La Urbs y Un día en Roma. En la primera hacemos una mirada al exterior e interior de las murallas de Roma con la heterogeneidad característica de sus calles y barrios en contraste con los pueblos ya abandonados de sus alrededores. Recuerdo que la totalidad de lo que aquí se escribe lo cuenta nuestro autor en su obra.

A las afueras de las ciudades romanas, en los aledaños de sus puertas de entrada, se situaban los cementerios o necrópolis. Allí se cuidaban verdes jardines con bellos relieves o esculturas y con inscripciones que hablaban al viajero —viator. Destacan en Roma las de la Vía Flaminia y la Vía Latina; junto a una de sus puertas —la Capena— menciona Juvenal la presencia de judíos por sus alrededores.

En el interior de sus muros —pomerium— una serie de barrios con su debida distinción social dividían la ciudad. Por la popular Subura —barrio de Julio César y de donde curiosamente proviene la palabra inglesa suburbs— una bulliciosa mezcolanza de comerciantes y meretrices deambulaba por sus calles y tabernas —tabernae— y a la que los meses de verano debían convertir en sofocante pasaje donde un ya campesino Marcialrusticum— imagina desde la hispana Bilbilis a su amigo Juvenal en uno de sus epigramas —Mientras acaso tú, Juvenal, hierras por la ruidosa Subura…[1]. El Septimontium también contaba con sus clases específicas: gentes acaudaladas en el Esquilino y acomodadas en el Viminal, así como cantidad de enriquecidos extranjeros en el Quirinal destacando los grieguecillosGraeculus, Juvenal siempre juicioso con éstos con sus profesiones liberales de maestro, profesor —grammaticus, rhetor—, agrimensor —geometres—, pintor —pictor—, masajista —aliptes—, adivino —augur—, funambulista —schoenobates—, médico —medicus— o hechicero —magus—, sobre quienes antepone a los humildes nativos y genuinos ciudadanos romanos —cives romani— que ocupaban el Aventino.

El hinterland de la capital del Imperio se nos muestra en los poemas satíricos de Juvenal bajo un ideal bucólico opuesto al urbanismo de aquélla. Si bien cada vez abundan más unos latifundios que, afirma el poeta, comienzan a superar el tamaño de la propia Roma de los reyes —id est: 753-509 a.C. En esos poblados marsos y sabinos —uno de ellos, Aquino, tal vez patria chica de nuestro protagonista— casi desérticos —vacuis— debido a la atracción de Roma, sus habitantes se tratan como iguales sin distinciones togadas y donde una casa con su fértil huerto y cristalino manantial cuesta lo que un año de alquiler de una cochambrosa habitación de un piso —insula— en la Ciudad.

No en vano serán estas insulae, cuyas grietas son a menudo descuidadas por sus caseros, las que provoquen los tan temidos derrumbes así como los frecuentes y rápidamente expandidos incendios, siendo los pobres los que más sufrían en este género de catástrofes. Por su parte, el propietario cobra un espléndido seguro mientras el inquilino, si ha tenido la suerte de no encontrarse en su interior en el fatídico momento, pierde sus pocos enseres y se queda en la calle —Cordus no tenía nada, ¿quién, en efecto, lo niega? Y sin embargo el infeliz perdió toda su nada[2].

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