Concepto de esclavitud y su camino desde la Antigüedad al Medioevo en la Península Ibérica

Collar de esclavo romano, pinchar para acceder a la fuente: grupo Bona Dea

Collar de esclavo romano, pinchar para acceder a la fuente: grupo Bona Dea

En esta entrada repaso de manera somera el largo camino de la esclavitud entre la Antigüedad y la Edad Media en la Península Ibérica no sin definir primeramente el concepto y delimitarlo a las distintas civilizaciones que la adoptaron así como determinar sus fuentes, amos y diferentes dedicaciones.

Para comenzar, es preciso definir lo que es una sociedad esclavista para posteriormente convenir si en la Península Ibérica se ha dado tal situación a lo largo de algún periodo de su historia. En la comunidad científica existe consenso para definir una sociedad como esclavista a aquella que supera en mayor número o igual al 30% del conjunto de su población en número de esclavos, el resto quedarán bajo la denominación de sociedad con esclavos. Así, siguiendo este límite habrían existido hasta cinco civilizaciones o sociedades esclavistas, a saber, la griega, la romana, el Brasil colonial y el Caribe así como el sur de Estados Unidos antes de la guerra civil. Con todo, la Península Ibérica nunca tuvo gran impacto directo de los esclavos, cuyo número no superó el 10% de ciudades como Sevilla o Barcelona, salvo excepciones de caso muy particular como el caso del 25% que alcanzó Palos de la Frontera.

Por otro lado, se podría decir que prácticamente toda sociedad preindustrial fue, cuanto menos, una sociedad con esclavos. Sus orígenes o fuentes eran diversas, la más natural recaía en  la propia progenie de las mujeres esclavas, pero la trata movía por lo común a prisioneros de guerra de diversas nacionalidades y procedencias —europeos, de oriente próximo-medio, del Magreb y África subsahariana y, de manera más tardía, americanos y del lejano oriente— destacando en España, desde después de la Peste Negra, en el siglo XIV, el esclavo que proviene principalmente del oriente mediterráneo —con los importantes focos de Barcelona, Valencia, y en la Génova italiana— lo que disminuyó a los musulmanes cautivos, los que más se veían en el área peninsular.

¿Cómo estudia el historiador al esclavo? Se trata de una laboriosa y nada fácil investigación, ha de consultar documentos de venta de los propios esclavos —que hay que recordar que a nivel jurídico no eran más allá de meras mercancías—, libros de cofradías y de concejos o cabildos catedralicios que remitan información sobre obras civiles o eclesiásticas, contadurías navales o diversas fuentes notariales. Los trabajos o estudios suelen ir orientados más bien a nivel local o regional y vienen siguiendo unas últimas corrientes que tienden a enfatizar la relación entre la esclavitud y la raza —algo tan arraigado en Estados Unidos, que la asocian intuitivamente con los negros subsaharianos, debido a sus bélicas características históricas— o el género.

Los autores que he consultado para elaborar la entrada (véanse al final) divergen no en cuanto a que se trata de un fenómeno, el del uso común de esclavos, más bien urbano-mediterráneo, sino en el hecho de que el profesor Phillips considera la inexistencia de grandes contingentes de esclavos para labores productivas al modo que realizaban las civilizaciones griega y, sobre todo, romana, mientras que la doctora Salicrú i Lluch habla de verdaderas brigadas.

Siguiendo al autor norteamericano, daremos un paseo diacrónico a través de la historia de la esclavitud en la Península Ibérica a medida que exponemos distintas hipótesis. Ya desde tiempos protohistóricos sabemos del uso de esclavos por parte de los pueblos prerromanos lo que continuó con la presencia cartaginesa en su parte suroriental para después, tras los dos largos siglos de conquista, los romanos hacer de la esclavitud su base productiva o modo de producción —si bien también trabajaban en el ámbito doméstico o artesanal—, y es que las fuentes clásicas nos informan de las no pocas adquisiciones de cautivos vendidos como tales a lo largo de las sucesivas y no siempre exitosas campañas.

Sin embargo, la crisis del siglo III daría por concluida la concepción de esclavo tal y como se entendía hasta entonces bajo la nueva institución del colonato, que contaba con campesinos adscritos a la tierra de sus patronos. Se trata de siervos que en poco difería su situación poco más allá de la onomástica que la del estatus anterior de los esclavos. No obstante, hasta bien entrada la Alta Edad Media algunos datos, que contradicen la tradicional debilidad económica aducida a estos oscuros tiempos, siguen hablando del fuerte comercio mediterráneo de esclavos. Los visigodos no desecharon la herencia romana en torno a su legislación, destacando ahora el ámbito de la religión y su participación en tareas militares de combate —anteriormente parece que solo llevarían a cabo en dicho área labores administrativas. La invasión musulmana en el siglo VIII cercenó al Estado visigodo, salvo el reducto de Asturias.

¿Cómo afectó el secular conflicto que comenzaba entonces al mundo esclavista? Se generó en la Península Ibérica una punta de lanza de penetración musulmana que no llegó a cruzar los Pirineos, con lo que quedó establecido el único territorio de frontera del Viejo Continente. Ello fue sinónimo de un intercambio de razias que se convertiría en la principal fuente de esclavos cristianos y musulmanes hasta el siglo XIV, momento en el que se incorpora la vía en la que insiste la doctora Salicrú i Lluch del oriente mediterráneo perdiendo la hegemonía el esclavo cautivo fronterizo del Islam. Y es que aquéllos llegaron ante el aumento de la demanda de mano de obra tras el impacto sobre la misma de la pandemia que, además, había aumentado los sueldos, algo a lo que no estaban dispuestos lo patronos. Será su uso o destino el que ocasiona la disensión arriba mencionada: del rechazo a la gran escala romana con predominio del sector doméstico y militar a las grandes cuadrillas para obras públicas y privadas. El disenso se convierte en convergencia al hablar del complemento al trabajo esclavo con jornaleros libres o semilibres así como la gran integración de cierto grupo de esclavos con sus familias o amos —sobresalen en esta línea las mujeres y niñas, pues eran las designadas para las tareas domésticas; tenemos reflejadas en distintos documentos a bosnias, búlgaras, griegas, albanesas y turcas, lo que confirma una selección previa a la trata y descarta definitivamente la primacía de las capturas de guerra. ¿El motivo? El hecho de que mujeres y niñas se convirtieran en proveedoras de más esclavos así como de su codiciada labor como nodrizas o matronas, no en pocas ocasiones en detrimento de sus propios hijos, y su secular explotación sexual.

A finales del siglo XV se aviene una gran transformación a distintos niveles, que incluye el terreno del esclavo, pues prácticamente se cierra todo tipo de tráfico comercial a través de Oriente tras la conquista de Constantinopla por los musulmanes. Esta situación desencadenó la apertura de nuevas vías por las costas africanas por parte de portugueses y españoles, no en vano los mejor posicionados geográfica y técnicamente para ello, incrementándose desde entonces la trata de esclavos negros subsaharianos.

Finalmente, para la Edad Moderna las principales fuentes de esclavos resultaron la rebelión morisca de Granada, la batalla de Lepanto y la unión de las coronas ibéricas lo que significó su constante aumento hasta que la crisis del siglo XVII inició su declive a todos niveles cuyo corolario resultará, ya sin apenas rentabilidad económica —apenas sin fuentes era más barato contratar a un jornalero—, su definitiva abolición en el siglo XIX.

¿Quiénes fueron por lo general los amos o dueños de los esclavos durante la Edad Media? La respuesta otorga múltiples tintes pues se mueve desde la Corona y oficiales del Estado, pasando por la Iglesia y las casas nobiliarias —por lo común con tareas agropecuarias en las grandes posesiones o latifundios que todos ellos ostentaban— hasta mercaderes, comerciantes, profesionales varios y algunas personas humildes pero fuera del mundo marginal, que les solían utilizar como asistentes en sus respectivos oficios sobre todo en importantes comunidades portuarias mediterráneas o atlánticas del sur y sureste peninsular.

En esta contestación he tratado también la pregunta de a qué dedicarían su trabajo los esclavos, al menos en su modo tradicional, pues se trata —según Salicrú i Lluch— de una laguna pendiente de aproximación académica dicha relación del perfil del esclavo asociado como asistente a la dedicación de su amo que se establecía por su, en teoría, mayor rentabilidad a medio o largo plazo que la contratación de un hombre libre —hay investigaciones que hablan de unos siete años. Y es que la compra de un esclavo era ciertamente prohibitiva —se estiman a su vez que se podría corresponder con cinco o seis años de un asalariado libre de la Baja Edad Media; en esta misma línea caben citarse los seguros contratados contra su eventual fuga. Sin embargo, el sentido común nos dice que la alta preparación técnica para determinadas profesiones hacían inviable una rápida enseñanza y consecución de un suficiente grado de destreza profesional, lo que llevaba al intercambio de esclavos o su mero uso, en gran parte de los casos, para las labores de fuerza bruta o bien su cesión a terceros a cambio de determinados emolumentos —el mejor ejemplo lo encontramos en las esclavas nodrizas u hombres como peones de construcción; su inclusión como mineros o canteros no está totalmente comprobada salvo por testimonios indirectos, si bien parece perfectamente plausible. Todo ello nos demuestra su concepción básica de inversión económica a amortizar y rentabilizar lo antes posible y de la mejor manera.

Hemos de pensar, por último, si aquellas gentes se harían la pregunta de ¿a quién esclavizar? En fin, la respuesta sería negativa para miembros de su propio grupo o sociedad, destacan las razones a la sazón de diferencias religiosas, culturales o de lenguaje y de manera tardía —tan solo desde la Edad Moderna— por motivos de raza. Así, como vemos, en tiempos premodernos el prejuicio religioso prevalecía sobre el racial, asimismo los negros subsaharianos solían convertirse al cristianismo con mayor facilidad y pasar a ser fervorosos devotos en el propio seno de cofradías urbanas por lo que eran más de fiar a los ojos de los contemporáneos medievales a diferencia de los conversos musulmanes o judíos.

Como conclusión, con sendos artículos podemos despejar una serie de cuestiones sobre el fenómeno de la esclavitud ora a nivel de concepto ora a nivel historicista que no debe sino alentar el desarrollo de ulteriores investigaciones pues qué es la historia sino un camino en continua construcción y remiendo en el que el trabajo de las generaciones precedentes supondrá los cimientos de las que se sucederán en el curso de los tiempos.

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Bibliografía:

PHILLIPS, WILLIAM D. JR. 2010: “La historia de la esclavitud y la historia medieval de la Península Ibérica”. Espacio, Tiempo y Forma Serie III, Historia Medieval: 149-165.

SALICRÚ I LLUCH, ROSER 2010: “La explotación de la mano de obra esclava en el Mediterráneo cristiano bajomedieval desde el observatorio catalano-aragonés”. Espacio, Tiempo y Forma Serie III, Historia Medieval: 167-183.

William D. Phillips es profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Minnesota, especialista en Historia de la Alta Edad Moderna, Historia Medieval y el medioevo europeo así como de Historia de España. Por su parte la doctora Roser Salicrú i Lluch trabaja como científica titular para el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y sus principales líneas de investigación son las relaciones entre el mundo cristiano y el islámico y sus mecanismos de integración, aculturación y asimilación, el comercio y navegación en el Mediterráneo medieval y la esclavitud mediterránea tardomedieval.

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