La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (III): la educación

Material de escritura romano. "Tabula cerata" y diversos tipos de "stili". Römisch-Germanisches Museum, Colonia

Material de escritura romano. “Tabula cerata” y diversos tipos de “stili”. Römisch-Germanisches Museum, Colonia

Sobre este tema no es muy prolífico nuestro autor —pues recuerdo que solamente cuento lo que puede obtenerse a través de la lectura de su obra— así que aderezo con otros pasajes los pocos detalles específicos sonsacables. Destaca la presencia de los niños, que con sus bullae al cuello acudían en primer lugar a aprender las letras latinas y griegas —ayudados de los mitógrafos y sus escritos sobre la aparición y desarrollo de los hombres así como de los grandes acontecimientos transcurridos en la larga historia de la Urbs— para más tarde hacerlo con el arte de la persuasión ante una audiencia.

Todo ciudadano romano, en mayor medida cuanta más alta era su alcurnia, recibía desde niño una educación que, heredera de la παιδεια griega, centraba sus enseñanzas en las artes liberales de la retórica, la dialéctica, la música y la astronomía. Estos pueri portaban un distintivo al cuello a modo de colgante denominado bulla, consistente en una especie de bola rellena con amuletos apotropaicos; en una sociedad tan jerarquizada como la romana no podía faltar tampoco en esta ocasión la consiguiente diferenciación que se haría notar en el oro de los más pudientes respecto al simple cuero del resto.

En la escuela les enseñaban, entre otras materias como unas arcaicas matemáticas —eran capaces de contar, mediante un singular método que utilizaba las diferentes partes de la mano, hasta cien con la izquierda y más allá con la diestra—, la primitiva historia de los hombres —mundi principio… Los romanos tenían una imagen del hombre primigenio, nacido del barro —compositive luto— de Prometeo o como hijo de los árboles, habitando frondosas selvas y sus cuevas donde dormían sobre lechos de ramas. El hombre de esta Edad de Oro se alimentaba de bayas silvestres y bellotas antes de que el dios Saturno —el Cronos griego— les enseñara durante su destierro el arte de la agricultura; y es que, a diferencia de los animales, este homo fue creado con espíritu —anima—, el cual le ha conducido a edificar casas —aedificare domos— y abandonar aquéllos primigenios hogares.

Uno de los ejercicios clásicos de todo rhetor era el de declamación —declamatio— o retórica que consistía en la práctica de persuasión —suasoriae— mediante un discurso o bien un enredo de cuestiones legales —controversiae. En ellos debían aconsejar bien a Sila que dejase la política, a Aníbal que asediase la Urbs o al mismísimo Julio César que atravesase el Rubicón en el ámbito militar; o bien a C. Silio que no se desposase con Mesalina —esposa del emperador Claudio, de malogrado final— en un terreno privado más controvertido.

Finalmente, harían las delicias de los más pequeños las aventuras del bárbaro Aníbal cruzando los Alpes con sus gigantescos y exóticos animales de anchas orejas y larga trompa, los elefantes, a la vez que aprendían el abecé escolar que no era otra cosa que el alpha et beta, pues se les enseñaba las letras latinas junto con las griegas. A pesar de ello Juvenal no libra a los griegos —y en general a las gentes la pars orientalis— de sus ataques tildándoles a menudo de afeminados y homosexuales perfumados y depilados con piedra pómez o con emplasto calabrésBruttia fascia—, compuesto de resina o brea de árbol similar a nuestra cera.

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