La sociedad romana a través de las sátiras de Juvenal (II): el banquete

Músico en banquete, fragmento de una cerámica de figuras rojas de c. 490 a.C.

Músico en banquete, fragmento de una cerámica de figuras rojas de c. 490 a.C.

El primer tema que voy a tratar tras esta relectura de las famosas sátiras es el del banquete. Juvenal aporta un punto de vista dicotómico: por un lado, los placeres culinarios de la alta sociedad romana, donde la enjundia familiar se trataba de mantener en el recuerdo por medio de obras —mejor o peor envejecidas— que decoraban sus casas; por el otro, el humilde cliente del noble que acude a su casa como huésped y que no recibe el esperado tratamiento por parte de un anfitrión que desdeña toda forma de vida inferior a la suya.

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banquete.

(Del fr. banquet, y este del it. banchettodiminutivo de banco ‘banco’).

1. m. Comida a que concurren muchas personas para celebrar algún acontecimiento.

2. m. Comida espléndida.

simposio.

(Del gr. συμπόσιον, festín).

1. m. Conferencia o reunión en que se examina y discute determinado tema.

Se trata  de una ceremonia que, siguiendo la tradición del simposio griego, llevaban a cabo los romanos por medio de un festín de comida y distintos placeres con motivo de la celebración de algún día consagrado o bien como mera ostentación del anfitrión ante un huésped convidado. Se podían dar desde la Casa Imperial —Domus Imperatoria—, pasando por las del ordo senatorial hasta las de aquél caballero advenedizo que apenas le alcanza su patrimonio para considerarse como tal —para ser equites se debía poseer un patrimonio de al menos 400.000 sestercios, para senator un millón. No querría olvidar la mesa del liberto petroniano Trimalción y su jactanciosa ostentación, como leemos en el Satiricón.

Las diferencias resultaban notables de una mesa a la otra así como la que se ofrecía según la clase del invitado. Sin ir más lejos, en la casa de un rico abogado hallaríamos al entrar en el vestíbulo —atrium— un ostentoso carro de bronce con cuatro caballos imponentes —currus aeneus, alti quadriiuges—, genealogías e imágenes de sus antepasados bien en estatuas, bustos, retratos o máscaras mortuorias. En ocasiones algunas de ellas ya ennegrecidas por los humos del hogar o marchitas, por ejemplo, sufriendo la falta de uno de sus ojos de cristal —statua lusca—, las orejas o la nariz —auriculis nasoque carentem. Éstas se paseaban con orgullo familiar por las calles durante los funerales. Si en su triclinium se recostaba un Domitius o un Claudius —familias del más alto linaje—, dichosamente se servirían, una vez un afamado cocinero le diera el visto bueno: ostras de criadero y langostas; rodaballo, salmón o morena aliñados con el mejor aceite de oliva; espárragos, champiñones; hígado de pato; lomos de jabalí o de cerdo, lechazo y gamo; trufas primaverales; grandes huevos y sus gallinas asadas; fruta fresca ora peras, ora manzanas o uvas; con el más tierno y blanco pan, llamado flor de harina —panis siligeneus— y todo ello acompañado por un buen vino añejo en copa de ámbar y cubierto de marfil en un ambiente perfumado a la rosa y envuelto en los cantos entonados por un rapsoda y, quizás luego, con ardiente lívido provocado por aquélla bailarina gaditana —puella gaditana— que, siguiendo ahora a Marcial, tales eran sus sensuales movimientos de piernas y tan atractivo el apetito que levantaba que habría hecho del mismo Hipólito un masturbador[1].

Por otro lado, si era un empobrecido y pedigüeño cliente el que acompañaba al señor esa noche, lo que le ofrecería no superaría por mucho una frugal cena de funeralferalis cena—, con cangrejo, gobio, anguila o un simple pez del sucio Tíber; huevo; cualquier ave de enjaulada vida; col; atún; hongos o setas de dudosa pinta; carne seca con cebolla rancia y demás sobras como almejas ya anteriormente abiertas y acompañadas de mendrugos pan de mohosa harina apelmazada que ayudaba a tragar un avinagrado vino en vaso quebrado de alfar etrusco y cuchara de hueso o madera.

No era licencioso declinar una invitación a una cena —vocatio ad cenam—, cuyo mejor corolario no sería otro que el buen regüeldo —bene ructare—, fuerte orín y regular evacuación. Símbolos todos en su conjunto de una salud firme.


[1] Marcial, Epigramas 14. 203: Puella Gaditana. Tam tremulum crisat, tam blandum prurit, ut ipsum Masturbatorem fecerit Hippolytum. Hipólito constituye el paradigma de la castidad masculina, hijo de Teseo y una amazona, fue seguidor de Ártemis y protagoniza la homónima tragedia de Eurípides que obtuvo el primer premio en los certámenes de 428 a.C.

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