El centurión apodado “Cedo alteram”, “Dame otra”

Recreación de un centurión, con su "vitis" en la mano izquierda

Recreación de un centurión, con su “vitis” en la mano izquierda

Leyendo a Tácito me he topado con una curiosa anécdota que me gustaría compartir aquí. Muestra un aspecto de doble filo en la vida cotidiana en los campamentos romanos. Por un lado, las bromas, digamos, “de corrillo” de los soldados rasos para con sus oficiales más viles; por el otro, la dura venganza que toman aquéllos cuando se producían levantamientos que exigían mejoras en su dura profesión.

Los Anales o Libros desde la muerte del Divino Augusto —Ab excessu Divi Augusti libri— de Cornelio Tácito es la principal fuente historiográfica para conocer la primera mitad del siglo I d.C., id est, la consolidación del Principado y la sucesión de las características intrigas internas de la familia Julio-Claudia, que con tanta tristeza se aviene a contarnos el autor latino.

La anécdota se sitúa en el primero de los dieciocho libros que componen su obra —de los que tan solo conservamos grosso modo del I al VI y dl XI al XVI. Estamos en el año 14 d.C. y Augusto, fundador del régimen que había seguido a la República: el Principado, había fallecido en el mes de agosto. No será un hecho poco habitual que, a la muerte de los sucesivos emperadores, se abra un periodo de turbulencias entre las legiones. Y es que los agitadores veían oportunidad de exigir medidas para paliar las miserables formas de vida del soldado raso.

Así ocurrió en tales fechas en Panonia —donde tiene lugar el suceso en cuestión, que cuenta Tácito en I.16-30— y en Germania —motín que fue subsanado por el celebrado general Nerón Claudio, conocido como Germánico. Y no eran asunto baladí estos levantamientos, sino que caía todo rango y oficial que la soldadesca culpara de no aceptar sus términos o de haber sido mezquino para con ellos. Éste último es el caso del centurión Lucilio, que me ha llamado la atención:

et centurio Lucilius interficitur cui militaribus facetiis vocabulum ‘cedo alteram’ indiderant, quia fracta vite in tergo militis alteram clara voce ac rursus aliam poscebat.

C. Tacitus, Annales I.23.3

y fue asesinado el centurión Lucilio a quien, por broma de los soldados, habían dado el nombre de “Dame otra” porque, una vez rota su vara de vid sobre la espalda de un soldado, pedía otra en voz alta, y luego otra.

Traducción propia

Para la plena comprensión del breve fragmento que he aportado es preciso conocer que, entre las particularidades de dichos oficiales al mando de ochenta hombres, estaba la posesión de una bastón de mando, la vara de vid —vitis. Con ella nuestro protagonista —“Cedo alteram”— se dedicaba a azotar a los indisciplinados, rezagados o torpes y ello le provocó su infausto final.

El nuevo emperador Tiberio —14-37 d.C.— envió a su hijo Druso a sofocar la revuelta, que terminó con sus cabecillas y seguidores ejecutados. No en vano algunas de las peticiones que provocaron estos motines en el limes serían en parte atendidas.

Me ha parecido singular encontrarme esa broma, sobre todo por encontrarlo tan cercano a nosotros. A los motes que surgen entre los grupos de amigos, entre los alumnos para con sus profesores o entre trabajadores para con sus jefes.

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